14 junio 2022

RESEÑA: Jorge Nunes & Los Full Time Fools (CR1022, 2022)


Mientras el mundo empieza a moverse con paso inseguro dentro de esta nueva etapa pospandémica que parece condenada a seguir el ritmo marcado por la incertidumbre, el sello barcelonés Carajillo Records ha materializado a 33 revoluciones por minuto una de las mayores alegrías sonoras de los últimos tiempos: el primer larga duración de Jorge Nunes & Los Full Time Fools, formación paralela a Brioles en la que el pianista Andreu Ros se une con su instrumento al trío habitual formado por el contrabajo de Daniel Nunes, la batería de Josep María Ruera y, por supuesto, la voz y guitarra del propio Jorge, quien al frente de este grupo de tontos a tiempo completo presenta una generosa colección de poderosas razones que deberían permitirle ser reconocido, por fin, como el mejor compositor de Rock’n’Roll que ha dado este país. ¿Sus credenciales? Un extenso bagaje musical que, unido al profundo conocimiento del estilo en sus principales formas y variantes, le permite alumbrar con absoluta naturalidad melodías que, sin perder su frescura y originalidad, incorporan unas influencias individuales o colectivas tan reconocibles como difícilmente superables.

Aquí, diez temas, cinco por cara, dan forma a un trabajo que, contra lo que casi se ha convertido en norma en estos dos años, no es consecuencia del periodo de inspiración o introspección forzosa que el confinamiento parece haber provocado a muchos músicos. Al contrario, nos encontramos ante un disco que fue registrado en su mayor parte (luego hablaremos de la única excepción) solo dos semanas antes de la declaración del estado de alarma con que se intentó atajar la alta incidencia de contagios por coronavirus, de manera que este inédito período no ha hecho más que retrasar hasta ahora la esperada edición del que es, por otra parte, el primer LP en el catálogo de Carajillo Records y continuación lógica del EP “I’m Movin’”, publicado en 2018 bajo la misma etiqueta y reseñado aquí.

Si bien esa primera entrega en 7” devenía ya en espléndida carta de presentación para el proyecto, una primera escucha de este nuevo álbum permite percibir, de entrada, cómo la banda ha ganado en solidez y consistencia, afirmándose la presencia del piano y llegando en ciertos pasajes a un grado de comunión entre éste y la guitarra que transportan al conjunto a un nivel superior. Esto es apreciable desde el potente tema de apertura, “Cold Chicken”, que acaba convirtiéndose en medido duelo instrumental introducido por una fugaz reminiscencia a Link Wray y despedido con un largo fade out que prácticamente enlaza con el siguiente corte, “Hong Kong”. De aire exótico frenético, al igual que el anterior no desentonaría en absoluto en el repertorio de Brioles, cualidad que volvemos a encontrar en “So Bad, So Sad”, en el que la larga sombra de Bo Diddley se hace presente, y quizá en menor medida en “I Shot the DJ”, fábula hilarante en la que su autor fantasea con tirotear al pinchadiscos de turno “a través del agujero de su último 45” y que pone de manifiesto no solo el cáustico sentido del humor del mayor de los Nunes, sino también sus virtudes guitarrísticas en una serie brillante y contenida de auto preguntas y respuestas que cabalgan sobre una cadencia rítmico-melódica que, a ratos, bien podrían haber firmado Fats Domino o el Professor Longhair.

El contrapunto lírico viene dado en la cara A por “Too Dry To Cry”, lamento sentimental bien construido y mejor ejecutado en el que el piano de Andreu Ros se convierte en pieza clave, al igual que ocurre en el único cover del disco, el “Mama Say Blue” que Larry Dowd grabara en los primeros 60. Aquí con un ritmo más acentuado y un oportuno coro que, junto a la citada preeminencia del piano, marcan la diferencia con el original y justifican plenamente la elección.

La segunda mitad del LP abre con otro notable lamento sentimental que, en esta ocasión, cede el protagonismo al riff principal de guitarra y, sobre todo, a un acompañamiento vocal acertado y apropiadamente resuelto. ¿Su título? Simplemente, “Fool”. Un término bastante recurrente en el imaginario creativo de Jorge Nunes que se repite también en “A Fool Like Me”, procedente de una sesión bastante anterior (los créditos indican que se grabó el 17 de mayo de 2016). Con Berto Martínez sustituyendo a Josep María Ruera tras la batería, tiene un sonido algo más crudo que no ensombrece su calidad ni su clara invitación al baile. A continuación, el breve instrumental “Cuidado con Taco Panza” recupera al alter ego de Homer Simpson para introducirnos de lleno en una atmósfera densa y pesada marcada por los cambios de ritmo que preceden a la recitación de la advertencia que le da título. Soberbia.

Como broche final, “Those Country Songs” relata la tragedia de quien descubre que todas esas canciones country llenas de corazones rotos, noches solitarias y amores no correspondidos se convierten un buen día, y de golpe, en realidad. Un minuto y cuarenta y un segundos de pura ambrosía sonora en la que cada pieza del puzle, desde ese piano juguetón que nos transporta a algún sucio saloon del oeste a unos coros precisos y perfectamente ejecutados, encaja a la perfección y cumple con la difícil misión de dejar al oyente con una inevitable sensación de que el viaje ha resultado demasiado corto. Nada, entonces, como repetir el recorrido. Aunque la edición física está limitada a 300 copias, es posible todavía llegar a tiempo y obtener, de propina, los archivos digitales correspondientes. Para ello, una visita virtual a Carajillo Records resulta necesaria y absolutamente recomendable.


07 octubre 2021

PODCAST: Huesos Pegajosos #2

Volvemos con una nueva entrega de nuestro podcast y otra hora de la mejor country music. Puedes escuchar y/o descargar Huesos Pegajosos #2 clicando sobre la imagen que encontrarás más abajo.

- Intro
- Del Reeves: "Looking At The World Through A Windshield" (United Records, 1968)
- Nita, Rita, and Ruby: "Rock Love" (RCA Victor, 1955)
- Buck Owens' Buckaroos: "Love's Gonna Come A Knockin'" (Capitol, 1967)
- Al Terry: "Good Deal, Lucille" (Hickory, 1954)
- Wilburn Brothers (Teddy and Doyle): "Deep Elem Blues" (Decca, 1956)
- Roy Hogsed: "Do You Call That A Sweetheart?" (Capitol, 1954)
- Paul Howard and his Cotton Pickers: "Drinking All My Troubles Away" (Columbia, 1948)
- Warren Smith: "That's Why I Sing In A Honky Tonk" (Liberty, 1963)
- Jack Guthrie and his Oklahomans: "I'm Telling You" (Capitol, 1946)
- Bob Luman: "Still Loving You" (Hickory, 1970)
- Tommy Sands: "Love Pains" (RCA Victor, 1953)
- Dick Damron: "Stop Feeling Sorry For Yourself" (RCA Victor, 1964)
- 'Little' Jimmy Dickens: "When That Love Bug Bites You" (Columbia, 1950)
- Moon Mullican: "Man In The Moon" (Spar, 1966)
- Wynn Stewart: "It's Such A Pretty World Today" (Capitol, 1967)
- Flatt & Scruggs: "You're Gonna Miss Me When I'm Gone" (Columbia, 1965)
- Willie Nelson: "Three Days" (Liberty, 1962)
- Gene O'Quin: "I'm Gonna Take My Baby Dancing" (Capitol, 1953)
- Patsy Cline: "How Can I Face Tomorrow" (Decca, 1960)
- Hawkshaw Hawkins: "Waitin' For My Baby (Rock Rock)" (RCA Victor, 1954)
- Waylon Jennings - "What's Left Of Me" (RCA Victor, 1966)
- Hank Thompson and His Brazos Valley Boys with Merle Travis: "Wildwood Flower" (Capitol, 1955)
- Pee Wee King and his Band: "Catty Town" (RCA Victor, 1956)
- Ray Price: "Heart Over Mind" (Columbia, 1961)
- Tennessee Ernie and Ella Mae Morse with Cliffie Stone's Orchestra: "False Hearted Girl" (Capitol, 1952)
- Outro


21 febrero 2021

PODCAST: Huesos Pegajosos #1

Os presentamos el primero de nuestros podcasts con una hora bien cargada de auténtica country music. Puedes escuchar y/o descargar Huesos Pegajosos #1 clicando sobre la imagen que encontrarás más abajo.

- Intro
- George Jones: "I Wouldn't Know About That" (Mercury, 1964)
- Bonnie Owens and Merle Haggard: "I'll Take A Chance On Loving You" (Capitol, 1966)
- Bobby Lord: "Too Many Miles (Down The Road)" (Columbia, 1959)
- Bob Wills and his Texas Playboys: "Home in San Antone" (Okeh, 1943)
- Roy Hall and his Cohutta Mountain Boys: "Never Marry A Tennessee Gal" (Fortune, 1950)
Bill Monroe And His Blue Grass Boys: "Footprints In The Snow" (Decca, 1952)
- Justin Tubb: "Something Called The Blues" (Decca, 1954)
Rick Nelson: "You Just Can't Quit" (Decca, 1966)
Dane Stinit: "That Muddy Ole River (Near Memphis, Tennessee)" (Sun, 1967)
Skeets McDonald: "Same Old Town" (Columbia, 1961)
Dave Dudley: "Two Six Packs Away" (Mercury, 1965)
Huelyn Duvall: "I Just Can't Stop Loving You" (CAB, 2018)
Ernest Tubb: "Home Of The Blues" (Decca, 1958)
Merle Travis: "Sioux City Sue" (Capitol, 1947)
Curtis Gordon: "You Ain't Seen Nothin' Yet" (RCA Victor, 1952)
Brother Claude Ely and The Cumberland Four: "You Took The Wrong Road Again" (King, 1962)
Waylon Jennings: "Must You Throw Dirt In My Face" (RCA, 1970)
- Buck Owens: "Heartaches For A Dime" (Capitol, 1961)
Junior Brown: "Too Many Nights In A Roadhouse" (Curb, 1993)
- Don Gibson: "Sweet Dreams" (MGM, 1956)
- Jerry Reed: "East Bound And Down" (RCA, 1977)
- Hank Penny: "Hillbilly Jump" (King, 1948)
Faron Young: "Big Shoes" (Capitol, 1961)
- Wayne Cross With Porter Fender And The Rhythm Kings: "Put Another Dime In The Juke Box" (The Rhythm Kings, 1964)
- Glenn Reeves: "That'll Be Love" (Republic, 1956)
- Outro


18 octubre 2020

El desastre del viejo 97

No cabe duda de que el recuerdo de determinados personajes y acontecimientos habría acabado irremediablemente difuminado por el paso del tiempo si el folclore no hubiera acudido al rescate incorporándolos a su extenso y variado repertorio de romances, poemas, canciones, dichos o leyendas, preservando así su memoria para las generaciones futuras. Un buen ejemplo es el caso del terrible descarrilamiento de un tren correo  de la Southern Railway Company ocurrido en las cercanías de Danville (Virginia) el domingo 27 de septiembre de 1903 que, musicalmente inmortalizado bajo el título de “Wreck of the Old 97”, ha pasado a la Historia como una de las catástrofes ferroviarias más conocidas de cuantas han vivido hasta la fecha los Estados Unidos de América.


Fundada en 1894 por iniciativa del banquero J. P. Morgan, la Southern Railway no tardó en convertirse en la principal compañía en operar las rutas ferroviarias del sur de los Estados Unidos, haciéndose cargo en noviembre de 1902 del servicio de correo rápido (fast mail) destinado a conectar las ciudades de New York y New Orleans en el tiempo récord de 33 horas. El trayecto entre New York y Washington D.C. estaba cubierto por la Pennsylvania Railroad Co. y, una vez en la capital del país, era la Southern Railway quien pasaba a controlar la continuación de la ruta hasta Atlanta (Georgia) con su tren nº 97, que enseguida pasó a ser conocido informalmente como Viejo 97 (Old 97) y en cuestión de unos pocos meses se vio involucrado en dos accidentes (abril y junio de 1903) que, aunque graves y con víctimas mortales en el primero de ellos, acabarían quedando en nada al compararlos con el que tendría lugar a finales del siguiente septiembre.

El 27 de ese mes, y aunque el convoy había abandonado Washington D.C. unas horas antes, la tragedia empezó a mascarse en la estación de Monroe, ya en territorio de Virginia, cuando Joseph Andrew Broady, conocido como Steve y un experimentado maquinista que conocía bien la ruta, recibió de sus superiores la orden de recuperar a toda costa, y antes de llegar a su siguiente destino en la ciudad de Spencer (Carolina del Norte), la hora acumulada de retraso que llevaba sobre el horario previsto. La empresa se antojaba bastante complicada. La distancia a cubrir, casi 270 kilómetros de terreno muy irregular, habría exigido mantener la velocidad media de la máquina por encima de los 80 kilómetros/hora e ignorar, por tanto, las numerosas señales de advertencia que aconsejaban a los maquinistas reducir la marcha al aproximarse a determinados puntos negros del trayecto. Una locura aun mayor, si cabe, al tener en cuenta que 'Steve' Broady no estaba en absoluto familiarizado con la locomotora modelo #1102 que, salida de fábrica apenas un mes antes, le tocó en suerte aquel aciago día. Sin embargo, la presión de la compañía sobre sus empleados pudo más que cualquier prevención lógica y hacia las 14:50 h. de aquel domingo de septiembre, solo unos 800 metros antes de llegar a la población de Danville, la locomotora y los cuatro vagones que arrastraba se salieron de la vía a su paso por un viaducto de madera, cayendo desde algo más de veinte metros de altura sobre el lecho rocoso de un arroyo y muy cerca de una factoría algodonera situada junto al mismo.

Restos del tren siniestrado horas después del fatal accidente. Debajo, otra perspectiva del mismo.
Nueve de los dieciséis ocupantes del tren, todos ellos personal de la Southern Railway o del servicio postal, murieron en el acto, quedando algunos de los cuerposaplastados de forma espantosa” (The Free Lance, 29-9-1903) entre el imponente amasijo de metal y madera astillada. Entre ellos, el propio maquinista, un fogonero, varios empleados de correos y el jefe de tren. Por otra parte, de los siete heridos, dos acabarían falleciendo poco después a causa de la extrema gravedad de sus lesiones. El resto, atribuyó su buena fortuna al hecho de haber tenido los reflejos necesarios para saltar del tren antes de que éste se precipitara al vacío. Miles de cartas y paquetes, fuera de sus sacas, quedaron desperdigados por la zona mientras el Departamento de bomberos de Danville se afanaba en controlar las llamas provocadas por el brutal impacto antes de que se extendieran a los edificios cercanos. Seis grandes cajas repletas de canarios que se situaban en uno de los vagones traseros liberaron repentinamente su contenido y decenas de pájaros pusieron una nota de color en el ya enrarecido ambiente, volando aturdidos en todas direcciones.

El escenario del desastre atrajo enseguida a numerosos curiosos (varios miles, llegarían a afirmar algunos periódicos) que quedarían conmocionados por el dantesco espectáculo que aparecía ante sus ojos. Benjamin R. Boulding, primer empleado del servicio postal del Gobierno en llegar al lugar, se hizo cargo oficialmente de la correspondenciae hizo todo lo posible por aliviar a heridos y moribundos” (The Richmond Planet, 3-10-1903), convirtiéndose en el primer héroe de la jornada por obra y gracia de la prensa que, destacando su condición de hombre negro, relató cómo Bouldingse encontró con que algunos cadáveres ya habían sido retirados pero, con instinto profesional, su primera preocupación se encaminó a garantizar la seguridad del correo confiado al servicio postal y de la propiedad del Gobierno”.

"Las mujeres que presenciaron el accidente pueden morir de miedo" (The Anglo-Saxon, 1-10-1903). 
Otro de los curiosos se llamaba Fred Jackson Lewey. Tenía 18 años y trabajaba al pie del viaducto por el que el Viejo 97 había caído, por lo que fue testigo presencial del accidente, descubriendo con posterioridad que el fogonero del tren siniestrado era su primo Albion G. Clapp. Aun conmocionado, alrededor de una semana después comenzó a escribir unos versos rememorando el espantoso acontecimiento y, en cosa de un par de meses, consiguió completar tres estrofas separadas por un estribillo que acomodó a la melodía de una vieja canción compuesta en 1865 por Henry C. Work y titulada “The Ship That Never Returned”. Aunque abandonó Danville poco después para instalarse en Lynchburg, Lewey tocó la balada con frecuencia ante su círculo de amistades, y hacia 1904 lo hizo en varias ocasiones acompañado por Charles Weston Noell, un joven de su edad que tocaba varios instrumentos y, a su vez, escribió un poema sobre el accidente inspirándose líricamente en temas populares como “Casey Jones”. Aunque tenía cierta similitud con la composición de Lewey, la obra de Noell añadía un buen número de versos nuevos que fue divulgando en actuaciones informales en sus distintos lugares de residencia.

Es importante aclarar que, como suele ocurrir, ni Lewey ni Noell se preocuparon demasiado por ofrecer en sus rimas un relato fiel y veraz de los hechos ocurridos aquel 27 de septiembre de 1903 y, en consecuencia, sus epopeyas están construidas sobre notables exageracionesmedias verdades, un puñado de suposiciones y evidentes falsedades que, buscando enfatizar el efecto dramático, han acabado por aceptarse como reales. Por poner un par de ejemplos, ni el tren circulaba a 90 millas por hora antes de descarrilar (lo más probable es que lo hiciera a un máximo de 75 millas por hora) ni el cuerpo del maquinista fue encontrado con su mano todavía sujetando la válvula que controlaba la presión del vapor (en realidad salió despedido y apareció a unos metros de su locomotora). Más aun, aunque resulta incuestionable que el desastre se debió al exceso de velocidad y que la Southern Railway, a pesar de tener en su contrato con el servicio postal una cláusula que penalizaba los retrasos, siempre culpó al maquinista, transcurridas sólo dos semanas de la catástrofe del Viejo 97 se produjo a tres millas al norte de Danville un intento frustrado por hacer descarrilar un tren de pasajeros. Saldría así a la luzla sospecha de que existe en esta localidad una banda de saboteadores de trenes, siendo un secreto a voces que la compañía ferroviaria cree que el accidente del ‘fast mail’ ocurrido aquí […] fue causado por una obstrucción colocada en la vía del puente” (The Indianapolis Journal, 12-10-1903).

Un grupo de paisanos posa junto a los restos del Viejo 97
En cualquier caso, y esto es lo que aquí nos interesa, tanto la creación musical de Fred Jackson Lewey como la de Charles Weston Noell, con sus buenas dosis de influencia mutua, contribuyeron a mantener vivo el recuerdo del Viejo 97 a medida que otros músicos, desde meros aficionados a los que tenían algún tipo de aspiración profesional, aprendieron e incorporaron la pegadiza tonada a sus respectivos repertorios.

Otra fotografía del desastre tomada, en esta ocasión, días después del mismo. La locomotora, que sería reparada y vuelta a poner en uso, aparece en primer plano tras ser volteada.
Durante dos décadas la balada se transmitió oralmente a través de Virginia, Carolina del Norte, Tennessee, Missouri, Arkansas y Kentucky, haciéndose tremendamente popular y experimentando ligeros cambios en sus versos hasta llegar a la versión que Henry Whitter grabó a finales de 1923 como “The Wreck On The Southern Old 97” (Okeh 40015, con "Lonesome Road Blues” en su cara principal) en lo que supone el primer registro sonoro de la canción y la fijación en el imaginario colectivo de la que es, salvo sutiles reajustes, la forma definitiva y más comúnmente divulgada de su letra:

They gave him his orders at Monroe, Virginia
Saying, "Steve, you're way behind time
This is not 38, but it's Old 97
You must put her in Spencer on time"

He looked around and said to his black, greasy fireman
"Just shovel in a little more coal
And when we cross that White Oak Mountain
You can watch Old 97 roll"

It's a mighty rough road from Lynchburg to Danville
In a line with a three-mile grade
It was on that grade that he lost his air brakes
And you see what a jump he made

He was going down the grade, making ninety miles an hour
When his whistle broke into scream
He was found in the wreck, with his hand on the throttle
And scalded to death with the steam

Oh, ladies, you must take the warning
From this time now and on
Never speak harsh words to your true loving husband
He may leave you and never return

Esa frágil pizarra a 78 r.p.m no sólo alcanzó la repercusión suficiente como para propiciar que Ernest Thompson, un competente músico ciego que se ganaba la vida como one-man band, concibiera una dinámica versión para Columbia Records en abril de 1924, sino también para llamar la atención de un reputado cantante tejano de nombre Marion Try Slaughter II que llevaba grabando comercialmente (principalmente temas de corte operístico) desde 1915 y pensó que podía mejorar la nasal interpretación de “The Wreck On The Southern Old 97” que Whitter había hecho para Okeh. Así, tras convencer a su principal mentor (nada menos que Thomas Alva Edison) y transcribir de oído la letra (con algún que otro error fonético), a mediados de mayo de 1924 registró su propia versión, más pulida y mejor estructurada que su modelo, junto al guitarrista Frank Perera, encargándose él mismo de voz y armónica. Una variante de la historia cuenta que fue en realidad Charles Edison, hijo de Thomas, quien le propuso a Slaughter grabar la canción pero, de una u otra forma, lo cierto es que, editada en el sello de Edison con la referencia 51361 y emparejada con el nada apropiado “I Wasn't Scared, But I Just Thought That I Had Better Go” de Ernest Hare, esta reinterpretación de “The Wreck On The Southern Old 97” llegó al mercado acreditada a uno de los muchos seudónimos utilizados por Slaughter a lo largo de su carrera: Vernon Dalhart. Creado con la simple técnica de unir el nombre de dos poblaciones del norte de Texas (el gran Conway Twitty tendría a quien seguir), lo utilizó por primera vez en 1912, convirtiéndolo en su sobrenombre principal a pesar de que, debido a una frenética actividad profesional, siguió usando otros como Robert White, Jeff Fuller, Bob White o Al Craver, saltando sin problema de uno a otro según la ocasión concreta lo requiriera.

La cuestión es que, sólo tres meses después de la sesión para Edison, y con “The Wreck On The Southern Old 97” vendiéndose relativamente bien por todo el país, Slaughter volvió al estudio a instancias de otra compañía discográfica, Victor, y registró dos temas acompañado por la guitarra de Carson Robison: “The Prisoner’s Song”, que contó además con la aportación de Lou Raderman a la viola, y nuevamente la popular balada sobre el desastre ferroviario de Danville aunque, en esta ocasión, modificando ligeramente el título para dejarlo con el ya definitivoWreck Of The Old 97”. Victor puso el disco en circulación bajo el nombre de Vernon Dalhart y con la referencia 19427, al tiempo que Edison reeditaba su versión en formato Blue Amberol (los efímeros discos cilíndricos comercializados por el inventor entre 1912 y 1929). Sería, sin embargo, Victor quien lograría una mayor difusión de su lanzamiento, haciendo inmensamente popular el nombre de Vernon Dalhart y consiguiendo vender más de un millón de copias del disco. Aunque, en buena medida, este éxito se explica por la extraordinaria recepción de “The Prisoner’s Song”, una de las melodías más célebres de los años 20, resulta innegable que “Wreck Of The Old 97” tuvo una influencia definitiva al poner de moda las canciones sobre desastres ferroviarios, como atestiguan no sólo las versiones que artistas como Riley Puckett o Kelly Harrell realizaron del tema en cuestión, sino también la aparición de abundantes aportaciones al género del propio Slaughter (como Vernon Dalhart o cualquiera de sus otros alias), caso de “The Freight Train Wreck At Altoona”, “The Wreck Of The 1256”, The Wreck Of Number Nine”, The Wreck Of The Royal Palm Express”, The Wreck Of C. & O. No. 5” o The Wreck Of The N. & W. Cannon Ball”, o bien de intérpretes de lo más diverso. Como se puede apreciar, motivos de inspiración basados en hechos reales no faltaron en años venideros...

Inaugurada en septiembre de 1947, esta placa recuerda la tragedia en el mismo lugar del accidente.
Pero volviendo a “Wreck Of The Old 97”, su carácter seminal como parte del primer disco country en vender un millón de copias multiplicaría exponencialmente el número de versiones propiciando, además, un largo recorrido judicial al objeto de determinar la autoría de la canción después de que, en 1927, un avispado empleado de Southern Railway ya retirado de nombre David Graves George se atribuyera la composición y decidiera demandar a la Victor Talking Machine Co. para reclamar los cuantiosos royalties generados por el millonario hit de Vernon Dalhart. En 1938 el juez falló en favor de George, condenando a Victor (ya convertida en RCA Victor) al pago de 65.295 dólares (equivalentes a más de un millón en la actualidad). Sin embargo, la compañía interpuso un recurso de apelación, consiguiendo al año siguiente que la sentencia fuera revocada. Fracasados los sucesivos intentos de David Graves George por llevar el caso al Tribunal Supremo, su muerte en 1948 no puso fin a los muchos interrogantes sobre la verdadera autoría de “Wreck of the Old 97”.

Con el paso del tiempo nombres tan legendarios como Woody Guthrie, Roy Acuff, Eddy Arnold, Hank Snow, Lester Flatt, Pete Seeger, Hank Thompson o Johnny Cash prestarían su voz a la desgracia de Steve Broady y los demás ocupantes del Viejo 97, pero nada mejor que cerrar esta entrada con mi favorita de todas estas recreaciones, la de Mac Wiseman:


Fuentes y Bibliografía
- The Anglo-Xason: 1-10-1903.
- The Bamberg Herald: 1-10-1903.
- Cohen, N. (1974): “Robert W. Gordon and the Second Wreck of Old 97”. The Journal of American Folklore, 87(343), pp. 12-38.
- Fargo Forum and Daily Republican: 15-10-1903.
- The Evening Times-Republican: 24-12-1903.
- The Free Lance: 29-9-1903.
- Hickinbotham, G. (2004): “A History of the Texas Recording Industry”. Journal of Texas Music History, 4 (1).
- The Indianapolis Journal: 12-10-1903.
- The Indianapolis Star: 26-9-1963.
- The News and Observer: 8-9-1947.
- The People's Paper: 10-6-1903.
- Perth Amboy Evening News: 28-9-1903.
- The Richmond Planet: 3-10-1903.
- Scott, A.P. (1965): “The Origins of a Modern Traditional Ballad. Wreck of the Old 97”. University of Virginia.
- The Times-Democrat: 3-11-1902.
- The Topeka State Journal: 28-9-1903.
- Vignes, S. (2016): The Train Kept A-Rollin’. How The Train Song Changed The Face of Popular Music. Soundcheck Books.

Recursos online


29 julio 2020

RESEÑA: Behind The Man In Black. The WS Holland Story (ISBN: 9780578547800)


El mero hecho de haber sido el responsable de marcar el ritmo en la grabación original de “Blue Suede Shoes” bastaría para acreditar de forma indiscutible la entrada de W.S. Holland en esa parcela especial que, a buen seguro, el Olimpo del Rock’n’Roll reserva para sus bateristas más destacados. Si a eso le añadimos su participación en todas, T-O-D-A-S, las sesiones de Carl Perkins en SUN (1954-1957) y en unas cuantas de las que siguieron en Columbia (concretamente las realizadas entre febrero de 1958 y octubre de 1959) o, ya en 1960, su ingreso como miembro fijo en la banda de Johnny Cash, otro talento de leyenda germinado entre las cuatro paredes del 706 de Union Avenue, sobran más explicaciones para entender el gran interés despertado por Behind The Man In Black: The WS Holland Story, el libro autobiográfico que, escrito con la colaboración de Ron Haney, ha visto la luz a través de una nueva edición aparecida a finales del pasado mes de junio. Nueva porque la obra, registrada en la U.S. Copyright Office en 2018, fue inicialmente publicada en agosto de 2019, aunque desapareció rápidamente de la circulación y no ha estado disponible hasta que Holland y Haney han decidido reeditarla en su propia compañía, Drum Cat Entertainment Publishing.

Nacido el 22 de abril de 1935 en Saltillo, un minúsculo enclave bañado por el río Tennessee y situado a medio camino entre Memphis y Nashville, W.S. Holland vivió a temprana edad la pérdida de su padre y principal referencia, mudándose con su madre a la cercana Sardis para vivir con su hermana Mabel, siete años mayor, y el marido de ésta, poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Tras el nuevo matrimonio de su madre, pasaría a Bemis, en las afueras de Jackson, y es allí donde acabaría conociendo a Clayton Perkins, “un chico divertido y de espíritu libre” (p. 20) que tocaba el contrabajo en locales de los alrededores como parte de un trío formado junto a sus hermanos Carl (guitarra eléctrica) y Jay (guitarra acústica) que, además, se alternaban a la voz. Esa amistad es la que, por pura casualidad, le abriría las puertas del show-business en el lugar y momento más adecuados. Ocurrió una de esas noches, tal vez demasiado habituales, en que Holland solía escaparse para ver actuar a los Perkins; en un momento dado, no pudo contener sus ganas de jarana y, mientras los hermanos ponían todo su empeño en ejecutar su particular versión de “Drinkin’ Wine Spo-Dee-O-Dee”, subió al escenario y empezó a seguir el ritmo tocando con sus palmas directamente sobre el contrabajo de Clayton. Lejos de enfadarse, al acabar el concierto Carl le sugirió que se hiciera con una batería y les acompañara a la audición que tenían prevista en Memphis unos días después. Holland, que nunca antes había tocado el instrumento ni se había planteado en absoluto hacerlo, se dejó convencer por el irrebatible argumento de Perkins: “Seguiste el ritmo en el lateral de ese bajo, puedes tocar la batería” (p. 21). A partir de ahí, el resto es Historia y, casi siete décadas después, el de W.S. Holland es, con toda seguridad, uno de los nombres que, acompañando al de otros tótems sagrados como D.J. Fontana, Earl Palmer, Jimmy Van Eaton o Jerry Allison, saldrá a relucir en cualquier conversación sobre los bateristas más influyentes de la era dorada del Rock’n’Roll

Escrito con un estilo sencillo y directo, plagado de párrafos cortos, la principal pega que se le puede poner a Behind The Man In Black: The WS Holland Story es su extrema brevedad (sólo 135 páginas que se leen en un suspiro) y, debido precisamente a esa inexplicable concisión, el tratamiento demasiado superficial que se da no sólo a acontecimientos concretos, sino a etapas completas que desfilan ante nuestros ojos sin profundizar lo que sería deseable en algunos de sus aspectos más relevantes. Es el caso, por ejemplo, del paso de Holland por Sun Records junto a Carl Perkins y sus hermanos, despachado con un exiguo puñado de anécdotas y sin mencionar más que de pasada algunos de los emblemáticos temas que la banda inmortalizó en el estudio de Sam Phillips. Algo parecido ocurre con el dilatado ciclo profesional respaldando en directo y en estudio a Johnny Cash que da sentido al título del libro (Detrás del hombre de negro) y que podría resumirse con una de las afirmaciones que Marshall Grant, bajista en la banda de Cash, recoge en su propia autobiografía: “Tocamos en casi todos los lugares a los que un vehículo podía llegar” (I Was There When It Happened. My Life With Johnny Cash, p. 93). Sin embargo, por más que el interés de lo reflejado resulte incuestionable, las lagunas temporales de Behind The Man In Black: The WS Holland Story se hacen aquí aún más acusadas, dejando al lector con la agridulce sensación de que parte de la historia se ha quedado en el tintero.

La obra de Holland sí sirve, en cambio, para revelar algunos detalles realmente curiosos, empezando por los que atañen, respectivamente, a su nombre (descubrimos así que sus padres decidieron llamarle simplemente W.S., sin que esas iniciales se correspondan con ningún nombre al uso. Una práctica que, en realidad, tampoco resultaba demasiado inusual en la época; baste recordar, sin ir más lejos, que el apelativo original de Johnny Cash era J.R.) o, también, al apodo con el que se le conoce, Fluke (que podría traducirse coloquialmente como “chiripa”; esa innata capacidad para encontrarse con determinadas oportunidades o salir airoso de cualquier situación incluso sin pretenderlo). Por otro lado, resultan interesantes algunas aportaciones que difieren ligera o sustancialmente de las ofrecidas por otros involucrados, así como el relato de situaciones peculiares y de unos pocos sucesos inéditos (curioso su primer encontronazo con Slim Rhodes) si bien, como ya se ha señalado, no termina de llegar en ningún momento al grado de desarrollo que sí se encuentra en trabajos similares como el citado I Was There When It Happened. My Life With Johnny Cash (Cumberland House Publishing, 2006) o en el clásico Go, Cat, Go. The Life And Times of Carl Perkins (Hyperion, 1996).

Aunque la primera tirada de esta nueva edición del libro se agotó en sólo diez días, una segunda está en camino y puede conseguirse directamente a través del sitio web de WS Holland al precio de 19,95 dólares + gastos de envío (para España la cosa se pone en 50 dólares). Descubrir un poco más acerca de la trayectoria vital de todo un pionero del Rock’n’Roll, con la posibilidad añadida de recibir el libro firmado por su personaje principal justifica, sin duda, la inversión.


31 mayo 2020

RESEÑA: The Tri-Tones (TRV45-1901,2019)


Aunque recuperan el nombre de la efímera formación vocal neoyorquina liderada por Ernie Bruno a finales de los cincuenta, estos The Tri-Tones que nos ocupan proceden de Tallin, capital de la república Báltica de Estonia y, tras la separación de su cantante, Mary Ann, presentan discográficamente nueva formación de trío con este potente sencillo registrado en directo en el aclamado estudio analógico berlinés Lightning Recorders.

Las tareas vocales han pasado a Mari Vendla, quien se encarga además del contrabajo, mientras que Artur Skrõpnik y Kaarel Raidam aportan, respectivamente, guitarra eléctrica y batería, compartiendo la labor adicional de arropar con sus coros a la personal voz de Mari. La banda tiene un sonido compacto, sólido y bien definido que permite apreciar la altísima competencia instrumental de cada uno de sus componentes y transporta al oyente directamente a 1958; pero, además, la calidad y los arreglos de los temas originales que aquí presentan aportan ese necesario plus que hace que The Tri-Tones destaquen entre otras bandas orientadas al sonido del Rock’n’Roll del último tramo de la década de los cincuenta.

La cara A de esta rodaja vinílica autoproducida por el propio grupo abre con “Rock’n’Roll Kid”. Energía, sentimiento, unos coros que recuerdan vagamente al clásico “Dance Franny Dance” y una Telecaster que brilla con precisión en los solos, quedando en discreto segundo plano el piano de Martin Wauer, músico alemán conocido por su trabajo con la banda de Ray Allen y que colabora como invitado en este lanzamiento. Por el otro lado, un fantástico stroll compuesto, al igual que el tema anterior, por el tándem Vendla-Skrõpnik. De título “I Wanna Know” y encarado con la misma dosis de entusiasmo presente en “Rock’n’Roll Kid”, concede esta vez mayor protagonismo al piano y a un acompañamiento vocal oportuno y bien resuelto.

Muy activos en el circuito del Rock’n’Roll europeo, The Tri-Tones han actuado como soporte de artistas tan reconocidos como Darrel Higham o Jack Baymoore y cabe recordar que el origen de la banda se remonta a The Jumpin’ Wheels, quienes giraron en un par de ocasiones por España a principios de siglo y dejaron como legado un único álbum (CAB56001, 2003) antes de desaparecer.

Si bien no es fácil de encontrar por estos lares, el single de The Tri-Tones resulta una elección acertada en todos los sentidos, conjugando una presentación idónea (quizá algo corta en detalles) con un contenido sobresaliente.

Los siguientes links dan acceso a los dos cortes incluidos en este 45 interpretados en la ETV, cadena pública de televisión de Estonia (nota: el trío aparece completado por Sergei Vladõtsenko al contrabajo, quien sustituirá temporalmente a Mari Vendla debido a su reciente maternidad): 

I Wanna Know

Y como regalo final, el videoclip con un tercer tema grabado en la misma sesiónMidnight Monsters Hop”.